Patrimonio

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Este domingo se celebró un nuevo Día del Patrimonio Nacional, una fecha que a mí personalmente me encanta. Creo que las actividades están cada año mejor planificadas y que tienen un resultado “vivo”, palpable, en las caras felices de los niños y las familias que disfrutan la posibilidad de tomarse algo que es de todos, pero a lo que se accede poco.

Este Día del Patrimonio me pilló paseando por Valparaíso, en uno de los días más lindos que recuerdo haber pasado en el Puerto. Partí recorriendo la Plaza Sotomayor, donde la Compañía de Bomberos más antigua de la ciudad había sacado sus carros a la calle y no eran sólo los niños los que subían a sacarse una foto. De hecho hice la cola para tener mi propia instantánea con casco de Bomberos.

Entré al edificio de la Comandancia en Jefe de la Armada, un bonito descubrimiento que compartí con cientos de visitantes. Luego un paseo en bote por la bahía. Al edificio del Congreso no entré porque lo conozco (sigo considerándolo francamente horrendo pero bueno, es lo que hay) pero debo decir que estaba repleto de gente.

Lo paradójico fue que mientras muchos celebrábamos el patrimonio bien mantenido, los tradicionales ascensores del Puerto lloraban su abandono a vista y paciencia de todos. Y me puse a pensar que en realidad nadie pretende que cambien, que se modernicen o que suban sus tarifas. Simplemente uno espera que los traten con el cariño que se merecen.

Es verdaderamente vergonzoso que algunos de ellos ni siquiera funcionen, que no reciban la más mínima mantención y que para más remate los pongan en una nueva guía turística de la Municipalidad como la gran atracción de Valparaíso.

El estado de los ascensores porteños se ha convertido en un no-tema.

Las responsabilidades se las pelotean varios y los platos rotos los pagan quienes quieren usarlos y no pueden. Y eso, en la ciudad del Patrimonio, es un pecado capital.

Recambio generacional en la política

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Tenía que ser un concertacionista de manual el que lo dijera para que el tema se instalara con seriedad en el debate público. Así como Edgardo Boeninger y Jorge Schaulsohn generaron un vendaval político cuando hablaron de la ideología de la corrupción, me gustaría creer que las declaraciones de Enrique Correa a La Tercera sobre una necesaria revolución generacional en política, van a producir consecuencias.

Correa dice que la generación que comenzó a hacer política en los años 60 debe tener un retiro digno y darle paso a las nuevas generaciones.
Seguramente el ex ministro reacciona a uno de los argumentos que Marco Enríquez Ominami ha repetido una y otra vez: la “colusión” de los partidos políticos que impide que nuevos representantes asuman puestos de poder sencillamente porque los dirigentes históricos no quieren perder el que han acumulado por años.

Esta supuesta colusión es, a decir verdad, bastante visible. Quizás su consecuencia más evidente sea el rechazo al proyecto de inscripción automática y voto voluntario. Los parlamentarios dicen que no hubo acuerdo en el voto de los chilenos en el exterior, pero no hay que ser demasiado perspicaz para concluir que políticos de lado y lado prefieren mantener las cosas como están antes que agregarle incertidumbre al escenario político por la vía de modificar el padrón electoral.

Diputados jóvenes de la propia Concertación, que apoyan a Eduardo Frei, dicen que poner a Sebasíán Bowen en su comando es sólo algo cosmético, poprque a su lado siguen “los sopechosos de siempre”. Más allá de los méritos de estos políticos (que seguramente no son pocos) realmente parece inaceptable que en la política del año 2009 sigan siendo los mismos los que toman todas las decisiones importantes. Esto no pasa en otros ámbitos de la vida social, donde el tiraje sí funciona. Aunque la idea no es irse al extremo y endiosar a la juventud porque sí, bien vale llegar hasta el final con este debate, para que políticos con experiencia y sentido de la realidad que ya llevan diez, quince o veinte años bajando, accedan a los cargos de poder que se merecen.

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