Este domingo se celebrĂł un nuevo DĂa del Patrimonio Nacional, una fecha que a mĂ personalmente me encanta. Creo que las actividades están cada año mejor planificadas y que tienen un resultado “vivo”, palpable, en las caras felices de los niños y las familias que disfrutan la posibilidad de tomarse algo que es de todos, pero a lo que se accede poco.
Este DĂa del Patrimonio me pillĂł paseando por ValparaĂso, en uno de los dĂas más lindos que recuerdo haber pasado en el Puerto. PartĂ recorriendo la Plaza Sotomayor, donde la CompañĂa de Bomberos más antigua de la ciudad habĂa sacado sus carros a la calle y no eran sĂłlo los niños los que subĂan a sacarse una foto. De hecho hice la cola para tener mi propia instantánea con casco de Bomberos.
EntrĂ© al edificio de la Comandancia en Jefe de la Armada, un bonito descubrimiento que compartĂ con cientos de visitantes. Luego un paseo en bote por la bahĂa. Al edificio del Congreso no entrĂ© porque lo conozco (sigo considerándolo francamente horrendo pero bueno, es lo que hay) pero debo decir que estaba repleto de gente.
Lo paradójico fue que mientras muchos celebrábamos el patrimonio bien mantenido, los tradicionales ascensores del Puerto lloraban su abandono a vista y paciencia de todos. Y me puse a pensar que en realidad nadie pretende que cambien, que se modernicen o que suban sus tarifas. Simplemente uno espera que los traten con el cariño que se merecen.
Es verdaderamente vergonzoso que algunos de ellos ni siquiera funcionen, que no reciban la más mĂnima mantenciĂłn y que para más remate los pongan en una nueva guĂa turĂstica de la Municipalidad como la gran atracciĂłn de ValparaĂso.
El estado de los ascensores porteños se ha convertido en un no-tema.
Las responsabilidades se las pelotean varios y los platos rotos los pagan quienes quieren usarlos y no pueden. Y eso, en la ciudad del Patrimonio, es un pecado capital.
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