¡BASTA!

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Un amigo tiene un primo lejano que conoce a alguien que trabaja en la Onemi. Y a él le avisaron que el miércoles en la noche viene la réplica más fuerte. La polola del hermano de un ex compañero de colegio es enfermera en un hospital de Temuco. Y les dijeron que estuvieran preparados el viernes en la mañana, porque viene un terremoto. O tal vez es el vecino de un colega, que supo (“de muy buena fuente”) que el temblor en verdad será el domingo, a eso del mediodía, y con tsunami incluido.
Todos hemos escuchado una historia parecida en estos días. Nos llamaron por teléfono, nos rebotaron un mail, nos llegó un RT por twitter. Y muchos decidieron tomar a su vez el teléfono, rebotar el mail o retuitear el mensaje. Y así, le dieron más gasolina al inagotable motor del rumor.
Basta. Por favor, basta.
Basta, porque, aunque a estas alturas parezca increíble tener que explicarlo de nuevo, nadie puede predecir la fecha, hora o lugar de un terremoto. Tenemos datos generales, claro (Chile es un país sísmico, después de un terremoto como el del 27/2 vienen meses de réplicas), pero nadie sabe exactamente cuándo y dónde vendrán los próximos remezones. Nadie.
Basta, porque esta ola de rumores no es inocente. Desinforma, provoca temor y pánico. Hace a la gente actuar irracionalmente. Y la distrae de lo que sí debe saber. De las verdaderas recomendaciones que personas especializadas (sismólogos, autoridades, expertos en emergencias) entregan para enfrentar estos días difíciles.
Basta, porque en un mundo interconectado todos tenemos responsabilidad. Porque cada uno de nosotros es (a través de su twitter, de su facebook, de su mail) un medio de comunicación. Y los actos de cada uno de nosotros sí hacen la diferencia.
Por supuesto, la responsabilidad de los medios masivos es aun mayor. Y ahí tenemos varios ejemplos poco edificantes. Un periódico entrevista a un tarotista. Otro, a un “sicomago”, y publica sus aseveraciones con el mismo espacio y énfasis que si se tratara de un sismólogo o un experto en tsunamis.
Un programa de TV va más allá. Trae a Chile desde El Salvador a un autoproclamado “mago”, presentado como “el hombre que predijo el terremoto”. En efecto, en sus predicciones para el año, entre varias posibles catástrofes, el tipo había deslizado un terremoto en Chile.
Claro que basta bucear un rato en la prensa salvadoreña para dar con sus predicciones para 2009 que incluyen, adivinen: ¡¡un terremoto para Chile!! Claro, no es muy difícil el ejercicio. Si uno se pasa un par de años prediciendo terremotos para Chile, seguro que alguna vez le apunta.
Menos suerte tuvo el “mago” de marras con sus pronósticos para 1999. En julio, aseveró entonces, el enorme planeta rojo Hercóbulus dominaría el cielo. Yo no lo vi. Tampoco aposté los números del Loto predichos para este domingo por el mago. No le apuntó a ninguno. Pero de eso se trata su negocio. De tirar los dados una y otra vez. Por pura probabilidad, alguna vez saldrá el número, y él tendrá su minuto de fama y dinero.
Los charlatanes no son historia nueva. Siempre han existido, y siempre han aprovechado esos puntos en que la ciencia no da explicaciones ni certezas. Este es uno de esos momentos. Que los charlatanes intenten sacar provecho de él, es inevitable. Lo que sí podemos evitar es convertirnos en cómplices de ellos. Todos nosotros. Nos haremos un bien como sociedad.
Por eso, por favor basta.

El primer autogol

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Lo decían en la Alianza: este era “un gran gol” del gobierno entrante. Y puede que tengan razón: Gabriel Ruiz Tagle es un empresario que llega a Chiledeportes avalado por una exitosa gestión al mando de Colo-Colo.

Pero el Presidente electo convirtió este gol en un clamoroso autogol al no pedir a su nuevo subsecretario que renuncie a la propiedad de Colo-Colo antes del 11 de marzo.

La verdad es que me costó creer que Ruiz-Tagle seguiría como uno de los accionistas principales de Colo-Colo. Pensé que habría un error en la información, hasta que lo escuché de su propia boca: “voy a mantener mi participación de las acciones del club”.

Así es: el encargado principal del deporte en Chile será al mismo tiempo uno de los dueños de la empresa deportiva más grande del país.

Ante un conflicto de intereses tan flagrante, no sé si valga la pena gastar demasiada tinta en argumentar lo evidente. Daré un solo ejemplo: Chiledeportes administra el Estadio Nacional, y durante los últimos años han sido constantes las disputas con la Universidad de Chile por la autorización para el préstamo del estadio en que la U hace de local. El conflicto es relevante porque cada permiso significa decenas de millones de pesos en ganancias o en pérdidas para la U, que no tiene otro estadio donde recibir a públicos masivos para sus partidos más importantes.

En otras palabras, el subsecretario de Deportes tiene una llave que determina el éxito o el fracaso económico de la principal empresa que compite con Colo-Colo en el mercado de las sociedades anónimas deportivas profesionales (SADP).

De hecho, el nuevo gobierno deberá decidir si reabre o no el Nacional en las fechas previstas por el gobierno saliente. ¿Qué dirá Chiledeportes al respecto? ¿Y qué pasará si Colo-Colo, por cualquier eventualidad, pide usar el mismo recinto (o cualquier otro de los que administra Chiledeportes)? ¿Quiénes negociarán el permiso: un empleado del Ruiz-Tagle dueño de Colo-Colo, con un subordinado del Ruiz-Tagle director de Chiledeportes?

Podríamos seguir, pero es inoficioso: es evidente que surgirán muchos temas en los que la gestión de Chiledeportes afectará al fútbol profesional, a las SADP y por lo tanto, al patrimonio de su director como accionista de Colo-Colo.

Ruiz-Tagle ha aludido a sus principios y su trayectoria profesional como garantías. Pero ese no es el tema. Nadie está poniendo en duda la integridad ética del nuevo subsecretario. De lo que se trata es de principios que le permitan hacer bien su trabajo, sin toparse en cada esquina con un conflicto que provoque suspicacias.

Queda tiempo de aquí al 11 de marzo. Es de esperar que Piñera y Ruiz-Tagle rectifiquen a tiempo una decisión tan poco afortunada, y no entren a la cancha con un autogol, aun antes de empezar el partido.

El uno a uno del Gabinete

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El gabinete de Piñera hay que medirlo, en primer lugar, con la vara de sus propias promesas. Y en ese examen no sale mal parado. Hay muchos independientes, muchísimos (13 de 22, aunque claro, algunos son más independientes que otros). Hay profesionales jóvenes. Hay gente de regiones. Hay mujeres, aunque baje bastante el número (seis, contra diez de Bachelet). Y hay un destacado concertacionista. (Aunque sí hay tres perdedores de las parlamentarias: Von Baer, Lavín y Parot).

Claro que de las fortalezas del gabinete surgen también debilidades. Una es la incógnita sobre la gestión de técnicos sin experiencia política, en ministerios que requieren muñeca (Trabajo, Cancillería, Salud). Otra, la fuerza con que empresarios provenientes del mundo privado podrán enfrentar las presiones corporativas (Vivienda, Minería, Obras Públicas, Transportes). Una más, que de aquí al 11 de marzo se despeje cualquier posible conflicto de intereses de nuevos ministros con inversiones en su área (Educación, Agricultura).

Con todo, Piñera ha cumplido en lo sustancial sus promesas de independencia y excelencia, tal como lo hizo Bachelet al nombrar su primer gabinete con las de paridad y nuevos rostros. El tiempo dirá si estos ministros corren mejor suerte que el malhadado primer gabinete de 2006.

Interior: Rodrigo Hinzpeter. Carta segura desde que Piñera es candidato. Hinzpeter es la mano derecha del nuevo Presidente, y eso asegura comunicación directa entre el Jefe de Estado y el líder, lo que parece obvio, pero no lo es tanto (como puede atestiguar Belisario Velasco, que como ministro del Interior de Bachelet no conseguía una cita para hablar con su jefa). Claro que Hinzpeter también tendrá que demostrar que tiene vuelo político propio, que es algo más que el yes man de Piñera, y que es capaz de contradecirlo y convencerlo en decisiones relevantes.

Presidencia: Cristián Larroulet. Nombre calado, diseñó el programa de gobierno y por lo tanto es lógico que sea el encargado de cumplirlo a través de proyectos de ley. Respetado transversalmente, tiene experiencia en negociaciones complejas como las que deberá liderar en el Congreso, donde el nuevo gobierno no tiene mayoría.

Vocería: Ena von Baer. Cumple varias cuotas que Piñera necesitaba llenar (mujer, joven, de regiones) y tiene experiencia en televisión. Deberá demostrar que es capaz de influir al nivel de Larroulet y Hinzpeter, con quienes compartirá el gabinete político en La Moneda.

Cancillería: Alfredo Moreno. Una jugada audaz y discutible. Piñera privilegia un perfil empresarial para una cartera que deberá enfrentar retos políticos complicadísimos: juicio con Perú en La Haya, altas expectativas de Bolivia, provocaciones de Chávez… Moreno deberá rodearse de un equipo político y diplomático de primera, partiendo por un subsecretario con experiencia en este campo. Claro que probablemente, por temperamento e intereses, en muchos momentos el rol de canciller sea asumido por el propio Piñera, tal como lo hizo antes Lagos.

Defensa: Jaime Ravinet. Aquí Piñera logra cumplir su promesa más acariciada: levantar a un político relevante de la Concertación para su gobierno. Claro que el precio es tener que guardarse las críticas a las “sillas musicales” de la Concertación, devolviendo a Ravinet al mismo ministerio que ya ocupó hace seis años. No está de más recordar que hace solo tres meses la UDI se querelló por la compra de informes redactados por el ex ministro Patricio Rojas, en la época en que Ravinet era ministro de Defensa.

Hacienda: Felipe Larraín. Hombre de confianza del Presidente electo y con sólidas credenciales académicas, Larraín deberá demostrar que también tiene muñeca política para enfrentar las múltiples presiones que caen sobre el dueño de la billetera del Fisco. Con un Presidente tan experimentado en este tema, probablemente su margen de acción sea mucho menor a sus predecesores.

Economía: Juan Andrés Fontaine. Al poner a un economista de este tonelaje, Piñera apuesta a rescatar a un ministerio que ha caído en la irrelevancia. El desafío es convertirlo en el motor de la inversión y la innovación.

Educación: Joaquín Lavín. Una carta interesante para uno de los ministerios más desafiantes. Lavín tendrá que desligarse de la Universidad del Desarrollo, y deberá demostrar que es capaz de reinventarse sacando adelante la revolución educacional que necesita el país, y al mismo tiempo manejar con su conocido pragmatismo las explosivas relaciones con profesores y estudiantes. Si lo logra, puede reflotar su carrera política. Una historia para seguir con atención.

Salud: Jaime Mañalich. Piñera se decide por un conocido para una cartera ingrata, en que se debe lidiar con escándalos periódicos, gremios levantiscos y con las aristas valóricas de temas como la píldora del día después y las políticas de anticoncepción y orientación sexual.

Trabajo: Camila Merino. Otra elección arriesgada. Piñera opta por una ejecutiva de impecables credenciales profesionales y de nula experiencia política para un ministerio complicado. Tendrá que tomar medidas audaces para destrabar el mercado del trabajo, sin despertar los fantasmas de que un gobierno de derecha afectará los derechos laborales. Cómo cuadrar el círculo.

Minería: Laurence Golborne. Una de las cartas más potentes del nuevo gabinete. Hombre clave en la expansión de Cencosud en la década pasada y actual director de Ripley, da el salto al ámbito público.

Obras Públicas: Hernán de Solminihac. Otro nombre relevante del sector privado, esta vez desde la academia (es Decano de Ingeniería de la UC). Tendrá que revitalizar el sistema de concesiones y tomar decisiones sobre el proyecto del puente a Chiloé. 

Justicia: Felipe Bulnes. Nombre esperado, que deja en el camino (y fuera del gabinete) a Rodrigo Álvarez. Ahora “con guitarra”, deberá buscar soluciones para la justicia “garantista” que ha criticado la Alianza, y mostrar compromiso en un tema sensible para el nuevo gobierno como los Derechos Humanos.

Transportes: Felipe Morandé. Indiscutible por calidad técnica, Morandé era carta lógica para el MOP. Pero sus vínculos con la Cámara de la Construcción (fue gerente de estudios y, hasta hace poco, asesor), podían generar cuestionamientos a su independencia de las empresas del rubro. Finalmente, aterriza en Transportes.

Vivienda: Magdalena Matte. Esposa del senador Hernán Larraín, Matte tiene su propia trayectoria como empresaria y directora de empresas. Su perfil ejecutiva la lleva a un área (Vivienda) en la que no tiene mayor experiencia.

Mideplan (nuevo Ministerio Social): Felipe Kast. El botín más codiciado por Longueira y Lavín, finalmente va a un experto de bajo perfil. Parece que Piñera prefirió no correr el riesgo de que una cartera que promete tener nuevos recursos y mucho lucimiento público sea usada como trampolín para la presidencial de 2013. 

Energía: Ricardo Raineri. Tiene adelantado un trabajo de años a cargo del tema en los Grupos Tantauco de Piñera.

Medio Ambiente: María Ignacia Benítez. Una figura poco conocida para una ministra que deberá hacer pesar su voz en la discusión sobre HidroAysén, además de echar a andar una institucionalidad aún en rodaje.

Cultura: Luciano Cruz-Coke. Campo minado. En un área en que la derecha tiene pocas redes y despierta muchos anticuerpos, sus pasos serán seguidos con atención, y cualquier tropiezo (como los del propio Piñera en la campaña, cuando propuso plebiscitar el Fondart, o discriminar los libros que “valen la pena”) será magnificado.

Agricultura: José Antonio Galilea. Político de trayectoria, y muy vinculado al área agrícola. Un sector eternamente descontento con la Concertación, tiene altas expectativas, difíciles de cumplir. Sobre todo porque piden protección a un gobierno que debería estimular aun más competencia y más apertura a los mercados externos.

Sernam: Carolina Schmidt.  Ministerio que ha sido blanco de críticas de los sectores más conservadores de la Alianza por su agenda valórica, Piñera decide poner ahí a una mujer independiente.

Bienes Nacionales: Catalina Parot. Le llaman el “ministerio invisible” por su nula figuración. Parot es una de las perdedoras de la elección parlamentaria que llegan al gabinete.  

Muéstrenme sus cartas

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En Chile, los candidatos presidenciales se parecen demasiado a los jugadores de póker. Tienen un mazo de cartas de entre las cuales sacarán a sus ministros, pero juegan a ocultarlas. Repiten la obviedad de que “a los ministros los nombran los presidentes”, sin entender que anticipar los miembros de su gabinete no sólo es cosa de transparencia y de democracia, sino también una buena estrategia.

Partamos por lo primero: cuando elegimos a un Presidente, los ciudadanos tenemos derecho a tener toda la información posible. Eso incluye su programa de gobierno, sus atributos personales, y también su equipo de trabajo. De hecho, el gran argumento de Piñera y Frei al enfrentarse con Enríquez – Ominami, fue que ellos sí tenían equipos capaces de conducir al gobierno. Qué contradicción que, cuando se les pide dar los nombres de esos equipos, el silencio sea la única respuesta.

Es una debilidad de los regímenes presidenciales. En los gobiernos parlamentarios, los cargos del futuro gabinete están bastante claros al momento de votar. Pero en el presidencialismo, se entiende que el futuro Mandatario se rebaja si devela los nombres de sus futuros colaboradores ante los ciudadanos.

No sólo es poco democrático. Además, es desperdiciar una oportunidad. Designar por anticipado a los cargos claves del gabinete puede ser la mejor táctica para convencer a los indecisos que definen una elección.

Lo entendió así el más presidencialista de los Presidentes chilenos. Cuando Ricardo Lagos enfrentó la segunda vuelta, dejó claro que Nicolás Eyzaguirre sería el jefe de su equipo económico y Soledad Alvear, del político (tras las elecciones, ella rechazó Interior y optó por la Cancillería). Fue una inteligente manera de espantar los fantasmas que provocaba un candidato socialista, asegurando con esos nombres un manejo económico responsable y un fuerte poder del centro identificado con la DC. Y funcionó.

Entonces, ¿por qué no dejar el póker de lado, y mostrar las cartas? El que tiene más para ganar, sin duda, es Frei. Va segundo, y necesita movimientos audaces para romper la inercia. Ya no hizo lo obvio: pedir, de inmediato, la renuncia de los presidentes de partidos. Su último “grito de independencia” difícilmente tendrá credibilidad si no lo acompaña de medidas concretas. ¿Qué tal anunciar los puestos claves de su futuro gabinete, con gente como Claudio Orrego, Carolina Tohá, Óscar Landerretche, Francisco Javier Díaz o Jorge Navarrete en los ministerios más importantes? Ahí sí, conceptos como el “puente entre generaciones” o “los cargos para los que tienen méritos” serían algo más que frases al viento.

Además, tomaría la iniciativa de la agenda, centraría la cobertura de prensa en los currículos de sus eventuales ministros, y pondría a Piñera en la encrucijada de sumarse a la iniciativa de su contendor, revelando sus propios nombres, o mantenerlos ocultos, alimentando dudas y suspicacias.

¿Y si Piñera se adelanta? Es cierto, él va ganando. Pero todavía tiene que romper una última barrera sicológica para ganar: decenas de miles de chilenos que nunca han votado por la Alianza tienen que preferirlo. Muchos de ellos temen que la derecha más dura, vinculada al gobierno de Pinochet, tenga cargos significativos en su gobierno. Un temor que también podría aplacar nombrando en puestos claves, a gente como Ena von Baer, Raphael Bergoeing, Pablo Allard o Cristóbal Bellolio.

Los nombres, por supuesto, son discutibles. Pero el fondo es otro: los candidatos tienen que dejar de jugar póker. Será bueno para la democracia. Y, en términos más boxísticos, podría ser el gran golpe que ponga al rival a la defensiva y defina estas elecciones.

Votantes en el supermercado

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En los supermercados hay tres tipos de clientes. Unos no pierden el tiempo: van directo a cada estantería y sacan el producto de su marca favorita, sin siquiera mirar el resto. Es como si repitieran mentalmente el mantra del conservador: “mejor diablo conocido, que santo por conocer”. Son los fieles. Otros pasean erráticamente, metiendo al carro el producto que llame su atención: el desodorante en la góndola, el chocolate al alcance de la mano en la fila para pagar. Son los impulsivos. Otros, finalmente, se detienen a cotizar y a revisar. Verifican precios, comparan datos nutricionales. Son los informados.

Por supuesto, estas son caricaturas. Cada uno de nosotros es al mismo tiempo estos tres consumidores. Depende de qué tan apurados estemos ese día o qué tanto nos interese cada producto. Tal vez en el pasillo de los detergentes buscamos directamente nuestro producto “de siempre”, sin pensarlo. O en el de las bebidas echamos al carro el primero al alcance de la mano. Pero en el de la comida para guaguas nos tomamos un minuto para sopesar cuidadosamente la información de cada etiqueta.

A primera vista, estas categorías parecen inofensivas. Pero si lo pensamos un poco, el tipo de compradores que predomine influirá en las decisiones de las empresas y en la calidad de los productos que nos ofrecen. Si todos fuéramos “fieles”, los productos nuevos no tendrían ninguna opción de competir. Si todos fuéramos “impulsivos”, las empresas destinarían todo su presupuesto a las maniobras publicitarias. Es gracias a los compradores “informados” que la libre competencia funciona. Las empresas deben ser más eficientes para ofrecer un producto más barato; innovadoras, para mejorar sus prestaciones; y proactivas, para darse cuenta de qué factores está priorizando su comprador.

En otras palabras: cada vez que invertimos un tiempo en elegir el mejor producto, no sólo estamos tomando una buena decisión. Además, estamos ayudando a que el sistema funcione. Precisamente por eso las autoridades que regulan la libre competencia y los derechos del consumidor obligan a incluir información comparable sobre precios, calorías o saborizantes en las etiquetas; para hacernos más fácil la pega y permitir que actuemos como consumidores informados.

¿Qué hago hablando de supermercados en la semana de las elecciones? Bueno, es que no sólo estoy hablando de detergentes y chocolates; también de política. Porque estos tipos de consumidores se replican entre los votantes, y su forma de decidir también determina, finalmente, la calidad de nuestra democracia.

Los electores fieles votan siempre por el mismo partido o coalición. Ellos “son” de la Concertación o de la Alianza. Cuando los ciudadanos votan así, la democracia languidece, porque los partidos no tienen incentivos para mejorar ni para renovarse. Después de todo, sus electores “son” de ellos.

Los impulsivos votan por el primero que se les viene a la mente. Si usted se pregunta, irritado, por qué las calles están tomadas por los carteles, sepa que la culpa es de ellos. Los publicistas que trabajan en campañas tienen un nombre elegante para esto: hablan de “ganar el top of mind”. O sea, que de tanto repetir su cara y su apellido, este sea el primero que se le venga a la cabeza al votante impulsivo.

Y finalmente, están los informados. Ellos estudian y comparan antes de elegir. Así como algunos compradores miran las calorías y otros los precios, algunos votantes se fijarán en la posición de los candidatos sobre la educación, otros en delincuencia o cultura. No importa cuál sea el tema de interés de cada uno. Lo que importa es que el votante informado le da contenido a las campañas. Obliga a los candidatos a escribir programas de gobierno, asistir a los debates y subir información a su página web.

En la semana de las elecciones, tenemos la última oportunidad de ser votantes informados y, mejor aun, hacerle saber a los candidatos que lo somos. Probablemente usted haya sopesado cuidadosamente su voto presidencial (como el de la comida de guaguas), pero ¿sabe quiénes son sus candidatos a diputado o a senador? ¿Y sabe lo que proponen? Aún hay tiempo: gracias a Google, vitrinear en sus páginas web toma sólo algunos minutos. Si no tienen página o esta no contiene detalles de sus propuestas, ya es una señal de que ese candidato no está tomando en serio a sus votantes.

Vaya más allá: envíe un mail a todos los candidatos preguntando su posición en el tema de su interés, y hágales saber que decidirá su voto según la repuesta. Descarte de inmediato a los que no se den el tiempo de responder; es una señal de cómo lo tratarán si llegan a ser su parlamentario. Y entre los demás, compare, cotice y sopese. Y decida. Se estará haciendo un favor a usted. Y también a Chile.

Un paso adelante

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Hace tres meses, en este mismo blog, propuse que, por primera vez en nuestras campañas electorales, pudiéramos organizar un debate entre los candidatos a la presidencia, y no un simple foro. Permitir que los postulantes intercambiaran ideas con la mayor libertad posible, dejando atrás los corsés de las pautas prefijadas, los tiempos asignados y los órdenes estrictos.

Tres meses después, tuve el privilegio de ser parte del equipo que organizó y puso al aire un debate entre los cuatro candidatos presidenciales. No fue perfecto, pero sí estoy convencido de que significó un enorme paso adelante en nuestra cultura política.

Hasta ahora, todos los foros televisados habían sido básicamente parecidos. Rondas de preguntas que los candidatos respondían por turnos, de acuerdo a una pauta rígida y a tiempos estrictos. Ellos no podían interpelarse entre sí, y si lo hacían, era saltándose las reglas. Si alguno quería responder a su adversario, debía sacar tiempo de otra respuesta.

El resultado: una sucesión de discursos, siguiendo las pautas previstas por sus asesores. Espontaneidad e intercambios directos, reducidos al mínimo. Mucha formalidad, mucha planificación, poca verdad.

Ojo para los malpensados: no me refiero sólo al foro transmitido en septiembre por Televisión Nacional. También a los de campañas anteriores, incluyendo el que yo ayudé a organizar para CNN y Canal 13, en 2005: buenas ideas, preguntas a veces interesantes, pero poco más.

Ahora fue diferente. Aunque todavía no tenemos un debate totalmente abierto (hubo órdenes de intervención y tiempos referenciales), los candidatos sí pudieron preguntarse, responderse e interpelarse entre ellos. Las discusiones fueron claras y directas. Y cada candidato mostró mucho más de sí mismo. En una frase: tuvimos más sinceridad, más verdad.

El debate fue largo (haciendo un mea culpa, tal vez demasiado). Tocamos muchísimos temas programáticos: delincuencia, educación, energía nuclear, Hidro Aysén, impuestos, protección a la clase media, IVA a los libros, políticas sobre el cobre, reformas políticas, discriminación a los discapacitados y un largo etcétera.

También se habló de política exterior, un tópico hasta ahora ausente en la campaña. Supimos que tres candidatos (uno de centro-derecha, otro DC y uno independiente de izquierda) tienen el mismo referente en Latinoamérica: el presidente socialista de Brasil. Y nos enteramos de que el candidato del Partido Comunista considera a Cuba “una forma de democracia”.

Y hubo intercambios sustanciales, cara a cara, por temas como los impuestos o las políticas de fomento al libro.

Además, utilizamos cerca de quince minutos en un tema de personalidad: los defectos y atributos de los candidatos. Quisimos sorprenderlos con una pregunta que ninguno de ellos tenía planificada, y logramos que respondieran improvisando y no recordando las minutas de sus asesores. Cada uno contestó a su manera, entregando más información al público para evaluar sus personalidades.

Por cierto, faltaron temas. Faltó profundizar más en los que sí tocamos. Queda tarea para el próximo debate, para la franja presidencial, y para la información que cada ciudadano puede recopilar a través de los medios y las páginas web. Estas 2 horas de debate fueron sólo una estación más dentro de una campaña.

Pero estoy convencido, y lo digo con satisfacción y orgullo, de que fue un paso adelante.

Tiempos Verbales

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Es el dilema que le parte la cabeza a la Concertación: cómo es posible que, de cada tres chilenos que apoyan a la Presidenta Bachelet, apenas uno quiera votar por Eduardo Frei. 

El asunto es difícil, pero no inédito. De hecho, se da con calco en Brasil, donde el presidente más popular de la historia –Lula- ve con resignación como su candidata, Dilma Rousseff, sigue abajo en las encuestas. Claro, la diferencia es que allá falta un año (y no escasas siete semanas) para las elecciones, pero el fenómeno es el mismo. 

Y hay más ejemplos. En Estados Unidos, Eisenhower y Clinton tuvieron una popularidad sobre el 60% en sus segundos mandatos, pero sus candidatos (Nixon y Gore) perdieron las elecciones.

¿Lógico o no? Desde una mirada de disciplina partidista, parece evidente que quienes apoyen a un presidente deberían respaldar a su candidato. Pero, hoy más que nunca, la mayoría de los electores no sabe de disciplinas, ni siquiera de ideologías o programas. La decisión sobre un candidato tiene mucho que ver con atributos de personalidad y tipos de liderazgos, y por eso, en la medida en que las ideologías se borran, los votos cruzados adquieren cada vez más importancia.

Y  no es sólo un asunto de personalidades. También de tiempos. Cuando se mide la aprobación de un presidente, se está preguntando por el presente. Y, no cabe duda, la gran mayoría de los chilenos está convencido de que Bachelet es la persona adecuada para enfrentar los desafíos de hoy.

Pero una elección presidencial es otra cosa. Ahí la pregunta es sobre el futuro. Y cuando cambian los tiempos verbales, también puede cambiar la respuesta. Por eso, una hipotética reelección de Bachelet (si la Constitución la hubiese permitido) no necesariamente habría sido un paseo, porque habría planteado otra pregunta: ¿la Bachelet que según la mayoría de los chilenos es la más apta para los temas de hoy (crisis económica) es también la adecuada para los desafíos de los próximos cuatro años (educación, energía, medio ambiente, temas valóricos)? 

Esto no es pura teoría. El ejemplo de manual es el de Winston Churchill, el Primer Ministro que lideró a Gran Bretaña en la II Guerra Mundial. Apenas dos meses después de la muerte de Hitler, Churchill, aclamado como héroe nacional y con un 83% de aprobación, perdió las elecciones por paliza.

¿Qué pasó? Tiempos verbales. Su 83% demostraba que Churchill había sido el líder ideal para el pasado, pero ahora la guerra había terminado y la pregunta de las elecciones era de futuro: ¿quién podría manejar los desafíos de la paz, como la reconstrucción de la economía y las medidas de protección social? Y los electores, pese a su respeto y admiración por Churchill, creyeron que él no era el hombre para la nueva era.

Las lecciones son conocidas. El mismo Frei lo sabe bien: él terminó su mandato con sólo un 28% de adhesión, pero, así y todo, entregó la banda a su candidato, Ricardo Lagos. Los traspasos no son automáticos, ni los buenos ni los malos. Y si la pregunta por el presente está contestada por los chilenos (Bachelet, responden), la pregunta por el futuro sigue abierta entre las cuatro cartas en contienda. 

Todos de acuerdo

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La semana pasada en Chile Debate hicimos el ejercicio, aunque preveíamos el final. Pedimos a los candidatos a diputado por Maipú que se definieran: ¿están o no de acuerdo con aumentar el posnatal, de tres a seis meses? 

Hubo algunas risas. Un candidato dijo: “está fácil”. Otro comentó: “pero quién va a votar en contra”. Y efectivamente, los seis invitados votaron inmediatamente a favor. 

Lógico. ¿O no? Nadie desconoce las ventajas de un posnatal más largo para extender la lactancia materna y aumentar el apego del hijo a la madre. Pero tampoco nadie puede ignorar el efecto demoledor que medidas como estas pueden tener sobre el empleo femenino, considerado por los expertos como la clave para que miles de familias puedan salir de la pobreza. 

Como el beneficio es irrenunciable, surge la pregunta. ¿Tendrá igualdad de oportunidades una profesional joven y competente para acceder a un cargo de responsabilidad, si sus empleadores saben que un embarazo significa inapelablemente tenerla siete meses y medio fuera, entre pre y posnatal?

Por algo ningún país latinoamericano tiene un postnatal de esa extensión. E incluso entre los países europeos (excluyendo los nórdicos) los períodos son más cortos. La mayoría de los países desarrollados optan por postnatales flexibles, que permitan al empleado distribuir su propio tiempo, pero sin sentenciar inapelables siete meses y medio fuera del trabajo. 

En fin, la discusión es larga y compleja, con pros y contras. Pero, sin siquiera detenerse a pensarlo, entre risas incluso, todos los candidatos votaron por el posnatal de seis meses.

Algo no cuadra. Y por lo demás, si todos los candidatos, de todos los sectores políticos, están de acuerdo, ¿entonces por qué el postnatal en Chile sigue siendo de tres meses?

El ejercicio lo repetimos este lunes. Esta vez la pregunta fue si los candidatos creían que debía pagarse la llamada “deuda histórica” a los profesores. Adivinen: todos dijeron que sí.

Como comprobamos en el debate posterior, algunos ni siquiera sabían de cuánta plata estábamos hablando ni entendían realmente de qué se trataba la famosa “deuda”. No importa: hay votantes allá afuera (mujeres, profesores…). Estamos en campaña. Digamos que sí.

De nuevo, el tema tiene sus bemoles. Es cierto que los profesores fueron ferozmente pauperizados durante la dictadura. Lo sé bien: soy hijo de una profesora que trabajaba en un liceo municipalizado en los ochentas, de modo que viví de primera mano la pobreza a la que fueron condenados los profesores durante esa época.

Pero también es cierto que la Contraloría ha dictaminado que no existe ninguna deuda legalmente exigible del Estado con ellos. Y que, en cuanto a la “deuda moral” por sus anteriores padecimientos, los profesores municipales han recibido más reajustes, bonos y regalías que ningún otro sector desde 1990 en adelante.

En la práctica, no habiendo “deuda” legal que saldar, lo que hoy exigen los profesores es el pago de un bono millonario, que podría significar al Fisco un gasto de hasta 13 mil millones de dólares. ¿Será la mejor forma de invertir esa tremenda cantidad de plata para educación? ¿No será mejor subir las subvenciones? ¿O entregar incentivos en dinero a los mejores profesores? ¿O subir sueldos para atraer a escuelas vulnerables a los mejores profesores del sector privado? Tal vez eso se podría combinar con soluciones sociales para los profesores que jubilaron con pensiones miserables. 

Y de nuevo, la gran pregunta. ¿Si estamos todos de acuerdo, por qué llevamos 20 años de democracia sin pagar la famosa “deuda histórica”?

Es cierto: algunos candidatos votaron con convicción. Otros, sólo trataron de dejar felices a sus votantes. Pero creo que varios de los que veían el programa se quedaron con una sensación amarga. Y que, si al menos uno de los candidatos se hubiera atrevido a romper el molde, muchos votantes habrían agradecido la sinceridad.

 

 

 

Las Lecciones del Foro

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En medio de la ola de análisis y miradas que siguen a todo foro presidencial, la pregunta clave es una: ¿sirvió lo de anoche para que los ciudadanos tomen una decisión más informada? Mi respuesta es que sí.

Sí sirvió, porque tuvimos la oportunidad de ver a los candidatos sometidos a un examen de máximo estrés. Cada uno sacará sus propias lecciones, pero, entre medio de todas las estrategias y las asesorías que tratan de minimizar riesgos y prefijar respuestas, algo de verdad sí asomó.

Vimos a un Sebastián Piñera tenso e incómodo, repitiendo un discurso mecánico que a estas alturas ya es demasiado conocido, e incluyendo el peor error de la noche (al hablar de la niña violada “en Peñalolén”).

Paradojalmente, su mejor momento llegó al responder al ataque de Eduardo Frei sobre la compra de acciones de Lan. Fue el único instante en que se le vio responder con verdadera pasión.

Eduardo Frei recordó al Alí del combate contra Foreman, en Zaire. Pasó toda la noche recostado sobre las cuerdas, eludiendo el castigo más que buscando el combate. Pero, tal como Alí en ese combate inolvidable de 1974, reservó sus fuerzas para un único ataque demoledor, contra el rival que le interesaba. No convenció a nadie de que es carismático o espontáneo, pero sí de que sabe de estrategia.

Marco Enríquez – Ominami tenía la labor más difícil, por las altas expectativas con que cargaba. Pese al tic de mirar una y otra vez sus apuntes, fue tomando ritmo al avanzar el debate, y cumplió su objetivo de mostrarse con estatura presidencial.

Jorge Arrate fue el gran ganador, sin dudas. Repitió el “efecto Hirsch” del foro de CNN y Canal 13 en 2005, cuando el humanista se convirtió en la revelación. Sin nada que perder, Arrate fue él mismo: culto, preparado y con sentido del humor. Y eso vale más que todas las minutas y asesorías comunicacionales del mundo.

El encuentro, entonces, sí sirvió, pese a los absurdos del formato. Los segmentos que permitían cierta interacción fueron ignorados olímpicamente por los candidatos, que prefirieron ocupar sus 30 segundos de “réplica” en entregar un par de eslóganes y no en rebatir las propuestas de sus adversarios. Y como el moderador no tenía derecho a interrumpir ni a contrapreguntar, no hubo más que hacer.

Y cuando sí se decidieron a golpear, se encontraron con la rigidez de las reglas. Es completamente absurdo que si un candidato emplaza a otro, acusándolo incluso de un delito (Frei contra Piñera), el aludido tenga que esperar más de 10 minutos, varias preguntas y una tanda de comerciales para poder contestarle. MEO, Piñera y Arrate opinaron sobre los gastos de campaña, pero en una “conversación” surrealista en que las respuestas llegaban con varios minutos de desfase.

No es justo. Ni para el público ni para los propios candidatos. Tal vez la experiencia de anoche sirva a los propios comandos para darse cuenta de que los formatos rígidos los perjudican a ellos mismos. Y si es así, tal vez se abra la puerta para tener un verdadero debate presidencial en Chile.

Chile Debate

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Ya. Partieron. Y con los candidatos inscritos oficialmente, también partimos nosotros. “Chile Debate”, nuestro nuevo programa electoral, larga la noche del lunes 21.

Tendré el gusto de compartir la conducción con Constanza Santa María, con quien hemos trabajado juntos en distintos proyectos por varios años, aunque nunca nos había tocado coincidir en pantalla, hasta ahora.

Pero los protagonistas no seremos nosotros, sino los candidatos, y, especialmente, el público. Queremos que los postulantes sientan que deben contestar cara a cara las preguntas de los votantes. Por eso, en nuestro estudio estarán literalmente frente a frente con un grupo de ciudadanos: una muestra pluralista escogida por ICCOM, la misma empresa que hace el trabajo de campo de la encuesta CEP.

Y este público no será parte del decorado; tendrá un rol activo, preguntando directamente a los candidatos, y además votando en diferentes temas que plantearemos durante el programa. Por supuesto, no queremos pasarnos de listos; no vamos a extrapolar conclusiones de una muestra tan reducida. Pero sí queremos lograr la tensión y el nervio que sólo la realidad aporta a un buen programa de TV.

Pura realidad: un espacio de debate abierto, en vivo, con interacción entre los candidatos y con un público real (no “galleteado” ni cuoteado entre los partidos), que, esperamos, represente la diversidad de los chilenos: distintas edades, distintas realidades socioeconómicos, distintos sexos y miradas diferentes sobre la actualidad.

En ese escenario, el rol de Constanza y el mío será plantear los temas, hacer fluir el debate y no dejar pasar goles: el detector de contradicciones y de discursos hechos deberá estar permanentemente encendido, como siempre en estos casos.

Te esperamos el lunes 21, después de “Cásate Conmigo”. Pero no sólo como espectador pasivo; estamos abiertos desde ya a recibir todas las sugerencias para hacer el mejor programa posible. El más entretenido para ti, televidente; pero también el más esclarecedor para ti, ciudadano, a la hora de definir tus preferencias. Y para no perder tiempo, empecemos ya el debate y la discusión de ideas, en este mismo blog.

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