Comunicados

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El otro día, al terminar “Chile, País de Talentos”, se me acercó una chica llamada Soledad, la misma chica que dejó un mensaje en “De Mente”, y me preguntó si era efectivamente yo quien escribía esta columna. Le dije que sí, que obvio que era yo y que leía religiosamente todos los comentarios que ustedes dejaban. 

No era la primera vez que me hacían la pregunta y siempre me llamó la atención  que pensaran que había un periodista en las sombras escribiendo por uno. Me llamaba la atención el nivel de desconfianza que puede generar en las personas algo tan mundano y ordinario como es la cercanía que se puede tener con todos.  

Durante años se pensó  que los que aparecíamos en la tele éramos personajes inalcanzables, protegidos por guardias y vestidos de suntuosos ropajes para evitar la contaminación que podría provocar el encuentro con los plebeyos televidentes. ¡Tamaña ridiculez y siutiquería! Muchos profitaron descaradamente de esta falsa imagen para sustentar sus puestos de trabajo y la admiración desmedida que generaba su omnipresente imagen durante años. Pero se acabó. 

Hoy los tiempos han cambiado y las puertas de la televisión se han abierto, democratizando su acceso. Esto tuvo aspectos positivos y otros no tanto.  Podemos detenernos en el debate de si hoy es mejor o peor que antes la TV, pero prefiero avanzar a lo siguiente. Quienes trabajamos en ella,  ojo que subrayo la palabra “trabajamos” que no es lo mismo que salir en la tele, somos seres comunes y corrientes. No tenemos dones especiales o diferentes a los que pueda tener cualquier vecino. Tenemos un trabajo expuesto al juicio público, lo que condimenta nuestra acción, pero somos iguales a todos. Sabemos escribir y podemos leer, no necesitamos de asesores -al menos yo no- que nos hagan la pega. Sería el colmo que más encima le endosemos a terceros la bendita capacidad de acercarnos y conocernos mutuamente, un franco desperdicio. 

Ahora que tú lees esto, empiezas a tener una imagen con mayores matices de mí. Lees parte de las inquietudes que me rondan en la cabeza, puedes conocerme y acceder a lo que pienso que va más allá de lo que ves por la pantalla. Yo, con tus opiniones, puedo conectarme con las personas que valoran y juzgan mi trabajo y de esa forma sintonizar mejor con los gustos y necesidades de la audiencia. Esto es una bendición, un espacio mágico de conectividad verdadera y amplia, sin máscaras, maquillajes ni luces. Esto es, amigos míos, la magia de la comunicación. 

Edo. 

MPS: Para estar despierto en un mundo cada vez más lleno de personas sonámbulas, zombies aferrados a lo inútil y carente de sentido, es necesario aprender a entender las señales del mundo. Éstas son cientos cada día y cuesta reconocerlas de buenas a primera. Para eso trabajamos cada jornada, para eso ponemos nuestros mejores empeños; para hacer de la comunicación nuestra pasión, un arte vivo que nos permita vivir mejor.

 

 

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