Esta semana me he quedado pensando en como una simple cuota de fortuna puede despertar la modorra de las personas y permitir que salga eso bueno que muchos tienen en su interior. En medio de una cada vez más fría ciudad, donde las caras largas, preocupadas por las crisis financiera y de salud sumados a otra serie de factores ambientales, se suman y terminan contribuyendo a entristecer el paisaje urbano que nos invade.
El martes, una denuncia sobre autos confiscados convertidos en focos de pestilencia y delincuencia termina dando un brusco giro cuando dentro de un camión se descubre que había humanos. Suena raro pero es así. Un camión abandonado servía de hogar improvisado para alguien. Ese alguien pronto tomó forma, nombre, historia. Era una pareja, un hijo y un pasado que olía a soledad, desamor y ganas de salir adelante. No eran los típicos desprotegidos sociales que suelen verse en los medios, algo tenían, algo proyectaban. Ese algo logró que el medio, nuestro medio, se convirtiera en un fin. El canal servía como fin en si mismo para hacer de la solidaridad espontánea de muchos un hermoso himno que decía que siempre se puede optar a ser mejor y a estar bien.
Sebastián, Charlotte y su pequeño Kurt eran, sin quererlo, protagonistas de una historia fantástica donde el azar (yo no creo mucho en eso, para mi estos son caminos escritos desde arriba) se unía a la necesidad. Ellos comenzaron a recibir pronto auxilio y ayuda, ayuda que ellos mismos creían imposible. Me lo dijo el propio Sebastián al terminar la entrevista que le hicimos en Alfombra Roja: “yo no creía mucho en Dios, pero esto tiene que ser obra de él”.
Mediante ellos conocimos del ejemplo maravilloso de un señor panadero que le ofreció trabajo. Se los ofreció porque vio en ellos las mismas ganas de crecer que tuvo él en su momento. Un hombre de trabajo que cuida de sus empleados, los que cariñosamente le llaman “papi” ¡Notable!
También supimos de un humilde guardia que se sentía solo, que abre su casa y le da dos piezas para que ellos comiencen a vivir bien, más dignos, más cálidos, más humanos. Ese guardia de la comuna de El Bosque, que cuando llegaba a su casa agradecía a Dios entre lágrimas porque tenía sus cosas y un lugar al cual llegar, pobre quizás en lo material pero inmensamente rico desde el alma. Eso es lo que vale finalmente.
Estos son sólo ejemplos del cariño que se ha generado, de la puerta inmensa del amor solícito que suele aparecer entre nosotros, entre los chilenos. Este amor verdadero, libre de caretas y complejos no conoce de crisis. Las crisis las inventamos nosotros, los hombres, los mismos imperfectos que de pronto podemos ser un poco mejores y hacer de una buena vez lo que nos dice el corazón y no el siempre mezquino bolsillo.
Edo
Pdta: Se lo dije a ellos, a Sebastián y a Charlotte, que lo más complicado viene ahora. A trabajar duro, sin descanso por su hijo y también por todos aquellos que vieron en ellos reflejado aquello que al prójimo se debe querer como a si mismo.
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