Ser honesto

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Te has preguntado últimamente si lo que haces ¿es realmente lo que quieres hacer, lo que te manda tu interior, lo que te dicta tu ética o simplemente estás cumpliendo un rol que no quieres ni debes asumir? Sé que es una pregunta de esas claves que de vez en cuando nos viene a sacudir la cabeza. Para algunos será como tratar de la inmortalidad del cangrejo, para otros un tema de profunda reflexión. Yo estoy en el segundo grupo.

Cuando uno se mira a sí mismo, sin máscaras, honestamente, como sólo uno se puede mirar y reconocer, descubre cosas buenas y cosas malas. Nadie es monedita de oro, por supuesto, pero hay cosas que posiblemente se pueden arreglar. Es como cuando miras la decoración de tu casa, hay cosas que te gustan mucho, por las que guardas invaluable cariño y las tienes en un lugar destacado para que todo aquel que te visita se impresione gratamente con su presencia. Sin embargo, hay otras que no tienen similar nivel de aprecio para ti, pero igual ocupan un espacio. De pronto las puedes reacomodar, ponerlas junto a otras cosas para que puedan lucir y generar un ambiente agradable.

Eso mismo puede pasar con la vida. Una de esas instancias es “hacer por hacer”. ¿Cuántas veces en la vida hemos terminado haciendo algo para no molestar, para no ofender, para quedar bien con la familia o los amigos? No me refiero a cosas simples que no tengan mayor trascendencia como acompañar a tu mujer a la feria a pesar de que te carga, no, eso es transitorio, pasajero y desde cierta perspectiva digamos que justo. Pero mi reflexión va por el lado de aquello en lo que creemos firmemente, en las convicciones internas que nos mueven y nos permiten ser lo que somos, que nos permiten sentirnos orgullosos del lugar que ocupamos en este planeta.

Hace pocos días tuve que tomar una de esas decisiones. Me ofrecieron ser algo que a cualquier persona hubiera llenado de orgullo. De hecho, sólo que me lo propusieran me alegró, pero esa aceptación pasaba por hacer vista gorda a un principio que ya no comparto. Negarse era difícil para mí porque pensaba en que la otra parte podría sentirse muy ofendida con mi resolución si es que no la lograba entender del todo, sin embargo, empujado por el ímpetu que da la certeza de hacer lo correcto, lo sincero, lo que me permite seguir mirando de frente, le manifesté mis puntos de vista y mi objeción de conciencia.

Afortunadamente, ellos entendieron y valoraron mi sincera abdicación. Pero esto no siempre termina así. No es fácil, en un mundo que vive de las apariencias amables y del gesto vacío, tener siempre la fortaleza de las convicciones para decir NO, yo no creo en eso por lo que no acepto. Es tremendamente difícil, sobre todo en sociedades tradicionales, donde lo que parece ser distinto asusta porque no lo entendemos o no nos interesa entender.

En otras columnas les he comentado del concepto de “estar despierto”. Ese principio representa este afán de ser honesto y sincero con uno mismo, hacer aquello en lo que de verdad crees y no lo que la mayoría te hizo creer. Implica, por cierto, respetar a los que piensan en dimensiones distintas para poder valorar lo que eres.

Tú, ¿te atreves a decir que no?
Edo.

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