A mi mamá

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El domingo recién pasado recordamos el Día de la Madre. Durante la semana escuché a varias personas decir cómo lo celebrarían. Unos se esmeraban por darle un regalo significativo, otros buscaban llevarla a un lugar bonito para comer, y otros sólo pedían compartir un momento. Muchos, más de lo que yo imaginaba, se complicaban enteros  en esta aventura: ¿dónde la llevo?, ¿qué preparo?, ¿a quién invito?, ¿qué le regalo?  Incertidumbres que sólo nublar el presente.

En lo personal, no se imaginan que daría yo por tener la posibilidad de tener otro Día de la Madre pero acompañado con ella, la protagonista. O cualquier otro día, pero poder volver a verla y tocarla. Ya van 16 años desde que partió al cielo y no ha pasado un sólo día en que no la recuerde. Siempre está presente en mí, en cada paso, en cada gesto, en cada sonrisa, en muchos de mis actos. No pasa un día en que no recuerde su cara luminosa, sus ojos tiernos, su sonrisa benévola, su tremendo sentido del humor, sus chistes a flor de piel, y su infinito amor.

No se imaginan lo que sería capaz de hacer para poder volver a sentir sus brazos tibios, su cariño honesto, al menos una vez más. Cuento esto, porque quiero decirles a quienes se vieron en algún momento superados por la celebración de este día, que se olviden de las tonteras del mercado omnipresente -necesario, pero a ratos aturde- y se concentren en el maravilloso universo de los afectos.

Ese mundo increíble donde todos podemos ser iguales, sin distinción. Un universo paralelo colmado de amor, de  paz, sincero, sin caretas ni etiquetas. Concéntrense. Esos cariños físicos son finitos, tienen fecha de expiración y de separación, pero el amor es eterno, nunca muere, como toda energía que termina transformándose en algo distinto, pero igual de noble. El amor que siento por mi madre, que me acompaña desde el cielo, existe tan fuerte como el primer día en que tomé conciencia y la elegí… sin embargo, por Dios que extraño oírla, mirarla. No sólo a ella, a mi papá que la acompaña hace poco más de un año también lo echo de menos.

La “Tina”

El otro día veía en televisión a la famosa “Tina”, la señora bonachona y trabajadora del restorán que lleva su nombre y que ofrece exquisitos y generosos manjares en El Arrayán, llorando porque puede perder el cuidado de José Martín, un menor que ha crecido a su amparo porque sus padres naturales así se lo pidieron.

Sé, porque la conozco personalmente a ella y su familia, del inmenso cariño, respeto y dedicación que han tenido con el niño. Comentamos muchas veces con amigos de este canal la fortuna de José Martín de haber quedado en buenas manos. Manos afectuosas, que lo protegen y le pueden dar una buena educación, salud y abrigo… lo mismo que sus papás naturales no podían por estar distanciados y tener otros cuatro hijos que alimentar. Hoy el destino quiso que su padre biológico lo volviera a reclamar. No soy quién para juzgar intenciones, pero ojalá se obre en pos de ese pequeño que no tiene culpa alguna.

Señora Tina, usted no se ha equivocado, ha actuado con cariño de madre, altruista, generosa, ciega ante los comentarios mal intencionados. La felicito porque su historia de vida y trabajo es reflejo de lo que son muchas madres en Chile y el mundo. Mujeres con el coraje y la fuerza para luchar contra todo.

¡Feliz día a todas las que con orgullo se pueden decir que son mamás de verdad!

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