Un tonto, Alicia y algo más

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Siempre he sabido que las artes son una de las mejores maneras de tomarle el pelo a la sociedad en la que vivimos. Toda manifestación artística, desde la más simple a la más elaborada, puede tener un espacio para la crítica, el humor, el sarcasmo o la simple y pasiva contemplación del mundo que enfrentamos. En la lectura por ejemplo hay miles de casos de personajes que diciendo algo al parecer disparatado terminan enrostrándole a los poderosos de turno las verdades que se niegan a ver.  

En “Rey Lear” de Shakespeare existe, como en otras obras del mismo autor, un “fool”, esta vez sin nombre, una especie de payaso, loco o simple tarado para los demás pero quien termina siendo el único franco y sincero capaz de decirle a su majestad que sus hijas lo engañan y que lo que aparentan no es cierto. Buena frase esta última, “lo que aparenta no es cierto”… vivimos hoy rodeados de personas que creen lo primero que ven y juzgan el universo por su primera impresión ocular. Recientemente, un joven mató a otro porque creía que lo iba a asaltar porque le vio cara de “pato malo”. 

El humor, como el lenguaje de ese “fool” en “Rey Lear” o Feste en “Noche de reyes” del mismo Shakespeare y que está pronta a estrenarse en Santiago, es un buen compañero de la crítica social. A veces, cuando lees entrelinea algunos mensajes en clave cómica puedes descubrir más verdades que en el más inspirado de los manifiestos ideológicos que puedas desempolvar. La risa misma, ese reflejo que nos ataca de la nada ante ciertas situaciones, parece que fuera la manifestación física de presenciar algo que nos resulta tan cierto como  inesperado. 

Si les gusta este tema les recomiendo un libro que leí hace unos años y es muy interesante, se llama “Shakespeare, La invención de lo Humano” de Harold Bloom (también disponible en la web, en Google Libros). En él se puede conocer más de este notable autor inglés que nos pareciera tan lejano en lo aparente, pero resulta misteriosamente cercano en sus grandes temas, en sus pasiones desatadas y en la forma de enfrentar a este animal llamado hombre. 

Volviendo al tema. Esta semana se empezaron a ver las primeras imágenes de lo que será uno de los grandes estrenos de 2010, se trata de “Alicia en el país de las Maravillas” bajo la mirada del director Tim Burton. Qué buen nombre para hacer carne esta historia fantástica de viajes a dimensiones imposibles. Burton que nos ha cultivado por años con su potente batería de personajes, desde el perrito fantasma de Vincent hasta la novia muerta de Corpse Bride, pasando por Batman, Charlie y su fábrica de Chocolates, o todos los que se suman en Big Fish, vuelve a la carga con este libro que también tiene su historia oculta. 

El autor, Lewis Carol, en realidad  se llamaba Charles Lutwidge Dodgson y era un matemático y sacerdote anglicano británico. Su narración está plagada de alusiones en clave de sátira a los temas de sus días: política, la iglesia, sus amigos, la educación, todo aparece de forma encubierta en sus páginas. Muchas páginas de hecho porque “Alicia en el país de las Maravillas” tiene una segunda parte menos popular llamada “A través del espejo y lo que Alicia encontró ahí” de 1871 (6 años después del primero). 

Estas aventuras comenzaron a salir de la mente de Carol durante un paseo por el río Tamesis en 1862. Para capear el calor de julio hicieron un alto en una de sus orillas y ahí, para alegrar la jornada de las hermanas Lorina, Alicia y Edith de 13, 10 y 8 años respectivamente, que le acompañaban junto al reverendo Robinson Duckworth, Lewis inventó una serie de aventuras que él llamó “Las aventuras subterráneas de Alicia”, ya que ella era la más entusiasmada con sus inventos. 

Luego, unió estas historias y les fue agregando las mentadas alusiones y comentarios sobre su entorno. Un excelente relato que nos muestra cómo el arte es y será amigo de los que quieren algo diferente, de los que desean estar más despiertos, de los que no se conforman con lo aparente y buscan algo más allá, que suele estar muy acá, en uno, en el ahora.

 

Edo.

¿Estás despierto?

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Es de noche y hace frío. Hace horas que no para de llover y el temporal ha causado algunos estragos en las calles. Vas manejando tu auto cuando pasas por un paradero de buses donde hay tres personas esperando largo rato. Ahí ves a una anciana enferma a punto de morir, un viejo amigo que una vez te salvó la vida y a la mujer que siempre soñaste y has esperado desde que naciste.

Ante este escenario, ¿a cuál de los tres llevarías en tu auto considerando que sólo tienes espacio para una persona más? Piensa la respuesta, tómate tu tiempo y sigue leyendo.

Todos en algún momento de nuestras vidas hemos sido creativos. Sin excepción hemos logrado dar con una respuesta novedosa y satisfactoria a algún dilema que se nos ha planteado. Si bien es cierto,  hay personas que se destacan por la frecuencia con la cual tienen esta clase de iluminaciones. Para suerte de otros, esta cualidad la podemos trabajar. Recuerdo a una profesora que en la universidad siempre nos decía que la creatividad es como un músculo que se debe ejercitar para tenerlo tonificado.

La lectura, por ejemplo, es una buena forma de educar la creatividad. El hecho de tener sólo uno de los parámetros de la realidad disponible te obliga a imaginar  los espacios y condiciones en las que se desarrollaron los hechos. Ésta es una tremenda gracia porque es muy posible que existan tantos escenarios  como lectores. Por más que una descripción de autor este profusamente detallada, la mente humana recorre cada detalle desde sus propias capacidades y circunstancias.  Leer es un buen método que a veces, por el apuro de los días o por la pereza de andar medio dormidos, se nos olvida realizar. Tomar un libro, abrirlo y empezar a otear en sus caminos puede ser tremendamente alucinante.

Para ser creativo, además, hay una condición que no se puede pasar por alto: tienes que estar despierto. ¿Qué significa eso? Bueno, no me refiero al hecho de distinguir entre el “tuto” y el “andar”. No, voy mucho más allá. Estar despierto significa estar consciente de que estás dónde estás, con la dignidad propia de tu vivir, orgulloso de ello y entendiendo que eres un humano más, no el mejor ni el peor, eres uno más en el mundo que se acepta a sí mismo sin vacilaciones. Este ejercicio de reflexión sobre la condición de vivir, que lo he ido aprendiendo gracias a experiencias tan ricas como la de poder dedicarme un tiempo diario para meditar, es un desafío potente que te permite sentir con ansias las ganas de vivir y de poder decir: ¡sí, estoy despierto!

¿Has pensado la respuesta al dilema que te propuse?

Ésta plantea una interrogante ética y moral no menor. Podrías sentir piedad por la anciana que está muriendo y desear llevarla cuanto antes a un centro asistencial. Por otra parte, la lealtad te obliga a ayudar a quien antes te había salvado la vida, estás en deuda con él. Pero, también tienes la oportunidad de encontrarte con el amor de tu vida, ocasión que no siempre da nuevas chances.

¡Que difícil es vivir estas circunstancias! Pero si estás despierto y lo piensas bien, si estás sintonizando tu cuerpo y tu mente podrías optar por la respuesta creativa, salomónica y prudente: Dale las llaves del auto a tu amigo que antes te salvó la vida, pídele que lleve a la anciana a la clínica mientras tú te quedas esperando el bus con la mujer de tus sueños.

¿Te tinca?

Edo

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